domingo, 23 septiembre, 2018 | 13:25
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Si se trata de correr, mejor descalzo


El maratonista Jason Robillard dice que se producen menos lesiones; para especialistas argentinos, faltan pruebas.

Si se trata de correr, mejor descalzo

 

El renacimiento de lo natural ganó terreno en el mundo del deporte y un creciente número de maratonistas reivindican el retorno a los orígenes: corren descalzos. Las investigaciones se multiplican e instalan el debate que intenta determinar si efectivamente reduce los riesgos de lesión y mejora los resultados en las competencias, como aseguran sus promotores.

Uno de ellos es el ultramaratonista estadounidense Jason Robillard, que llegó de visita a Buenos Aires.

Este heredero de Abebe Bikila, el maratonista etíope que en 1960 ganó la medalla de oro en los juegos olímpicos de Roma, cuando recorrió -descalzo- los 42 km de la prueba en dos horas, 15 minutos y 16 segundos, se descalza para difundir su experiencia: “Nuestro cuerpo sabe cómo correr naturalmente. Cuando el pie está plano sobre el piso mantiene la columna en mejor posición, mejora el sentido del equilibrio y reduce las lesiones”, afirma.

Aunque admite que para alcanzar estos beneficios es necesario desandar hábitos ya instalados y embarcarse en un proceso de readaptación hasta incorporar nuevos.

“Se están investigando los efectos de correr descalzo -comenta a La Nacion el doctor Héctor Kunik, presidente de la Asociación Metropolitana de Medicina del Deporte-. Pero no existen estudios concluyentes sobre la diferencia de los índices de lesiones que pueden aparecer en el miembro inferior utilizando los distintos tipos de calzado. Ni a favor ni en contra.”

Su opinión coincide con la revisión de la bibliografía científica publicada hace unos meses en la revista de la Asociación Americana de Medicina Podológica. Los investigadores de la Universidad Midwestern, en Arizona, admiten que todavía no hay evidencias que confirmen o refuten los beneficios de correr descalzo, parecería que no es una mala alternativa y los fabricantes de calzado deportivo no se han quedado atrás en su imitación de la madre naturaleza. Así, se lanzaron a la producción de modelos que se mimetizan con los movimientos naturales e instalaron en el mercado las llamadas zapatillas “minimalistas”, es decir que ofrecen la mínima protección posible y -punto fundamental- no elevan el talón. Todo el pie está en el mismo nivel.

Con ellas se proponen invertir la tendencia que dominó durante cuarenta años en la fabricación de las tradicionales running shoes, de creciente suela amortiguadora.

El cuerpo sabe, dicen. Y no precisa suelas con aire para amortiguar el impacto de la pisada al correr. El secreto -tal vez perdido con el avance de la tecnología- consiste en cambiar la pisada. En lugar de hacerlo con el talón, la propuesta consiste en pisar con la parte central del pie, con pasos más cortos que llevan la cadencia habitual con zapatillas de 135 a 140 pisadas por minuto a 180. Cambio postural y rítmico que, según los defensores del arefoot running reduce las lesiones y mejora el rendimiento deportivo.

VOLVER A EMPEZAR

“Correr descalzo tiene una ventaja en chicos y adolescentes, de 9, 10 u 11 años: cuando se produce la consolidación de los huesos que hacen de sostén del cuerpo, ayuda a formar el arco del pie. En Nueva Zelanda, vi jugar al rugby descalzos a chicos de 11 y 12 años. Allí la superficie colabora, porque lo hacen sobre un césped que es realmente una alfombra, y me lo justificaban diciendo que promovían la formación de un buen apoyo del pie, para que se forme el arco correctamente”, comenta el profesor Luis Bruno Barrionuevo, preparador físico de las Leonas. Pero se resiste a adherir a esta propuesta para los adultos: “Cuando la persona va creciendo y las superficies sobre las que practica se hacen más hoscas, se aconseja mantener un calzado que sostenga la curvatura de la planta del pie y que sea adecuado en cuanto a la plantilla, que hoy tiende a tener un grosor más uniforme, es decir que el talón no es tan alto. Se tiende a correr con un calzado de poco grosor, para que el pie sienta la superficie, pero protegiendo el pie”.

El miedo a las lesiones es el argumento compartido que esgrimen los adherentes y los detractores de las nuevas zapatillas deportivas.

Una investigación publicada en octubre en el Journal of Strength and Conditioning Researchconcluyó que el 85% de los 785 deportistas estudiados son candidatos potenciales a sumarse a la nueva tendencia si reciben instrucción suficiente.

Sumar los beneficios de este retorno a lo natural requiere entrenamiento. “A los deportistas les enseñamos a volver a correr como niños”, dice Robillard.

Y Luciano Meritano, profesor de educación física y capitán del equipo de corredores Merrel Running Team, de Rosario, aclara que transitar el pasaje del calzado tradicional a las alternativas más nuevas implica un proceso de adaptación que oscila entre los cuatro y los seis meses.

Aclara que no está recomendado para mayores de 35 a 38 años. Tampoco para personas con alteraciones circulatorias o con pie diabético, ya que la enfermedad reduce la sensibilidad y una lesión puede profundizarse.

El entrenamiento adaptativo se realiza lentamente y sigue dos caminos alternativos. Uno consiste en descalzarse y correr distancias cortas, por ejemplo 400 metros, que suman otros 200 cada dos semanas.

Otro cambia progresivamente el tipo de calzado a partir del tradicional, con cámaras de aire y una amortiguación que se va reduciendo a medida que el deportista se adapta. La transición depende de cada corredor y está muy influida por su historia de contacto con la tierra. Quienes crecieron descalzos tienen mayores probabilidades de acomodarse con facilidad a la nueva tendencia, como los corredores de Kenya, acostumbrados a entrenarse descalzos y en ámbitos naturales.

Fuente: La Nación.

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