domingo, 23 septiembre, 2018 | 21:15
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Estudian un enigma de la salud reproductiva femenina


Un equipo argentino decidió poner bajo el microscopio una de las “verdades biológicas” que existen desde hace medio siglo sobre la salud reproductiva femenina: que las mujeres ya perdieron al nacer un 85% de los 7 millones de óvulos en potencia que tienen durante la gestación.

El óvulo. Foto Archivo

Desde hace nueve años, este grupo de la Universidad Maimónides trabaja con tejido ovárico de todas las edades para responder si los trabajos clásicos de la biología reproductiva publicados en los años 60 estaban o no en lo cierto. Y las respuestas que se van acumulando derriban algunos mitos y confirman antiguos hallazgos.

Mientras que en la etapa fetal existe una pérdida masiva de células germinales, el equipo pudo probar por varios métodos que no superaría el 25% por un delicado equilibrio entre los genes que regulan la vida y la muerte de las células. Saber cuán masiva es esa pérdida y por qué mecanismos se producen permitiría desarrollar tratamientos para prevenirla o controlarla en, por ejemplo, mujeres con menopausia precoz.

“A veces se establecen mitos y dogmas en la biología que después son muy difíciles de derribar. Hoy sería importante determinar cuál es realmente la pérdida de óvulos en potencia porque esa información nos permitiría abordar con otro enfoque el cuidado de la salud de la mujer”, explicó el doctor en biología Alfredo Vitullo, investigador del Conicet y director del Instituto Superior de Investigaciones de la Maimónides.

CUESTIÓN DE GENES

El equipo está desarrollando un ambicioso proyecto de investigación, que estudia cómo se comportan ciertos genes durante la vida del ovario, es decir, desde su formación hasta la posmenopausia. “Conocemos bien la historia de los genes que inducen la muerte celular en el ovario adulto. Sabemos, por nuestros trabajos, cómo actúan estos genes en el ovario fetal, pero existe un bache en el conocimiento que va desde el nacimiento hasta la pubertad. En eso nos estamos concentrando”, agregó Vitullo, que también dirige el Centro de Estudios Biomédicos, Biotecnológicos, Ambientales y Diagnósticos (Cebbad) del instituto.

Allí, las doctoras Mirta Albamonte y Analía Meilerman, la licenciada en genética María Itatí Albamonte y la estudiante de biología Andrea Trentini trabajan con muestras de ovario humano almacenadas o frescas que obtienen a través de acuerdos de investigación con hospitales pediátricos y de adultos. Los resultados ya aparecieron en revistas científicas europeas y estadounidenses, como Human Reproduction.

La hipótesis que el grupo plantea es que en el ovario de los mamíferos, no sólo de la mujer, existe un equilibrio entre los genes que inducen la muerte celular y los que la previenen. Hasta ahora, el equipo comprobó con técnicas muy modernas que esos genes “son muy importantes para los óvulos”, coincidieron tres integrantes del equipo.

“Pero también sabemos que son en realidad una familia de entre 15 y 20 genes conocidos hasta ahora que actúa de manera concertada durante la vida fetal para preservar o no las células germinales femeninas. No pudimos encontrar, como tampoco lo pudieron hacer otros equipos del mundo, una pérdida tan masiva del 85% de la masa germinal en esa etapa, sino de un 25% en el mejor de los casos”, añadió Vitullo.

Eso los llevó a estudiar otros procesos que pueden inducir la muerte de los futuros óvulos, como la autofagia (células que se devoran a sí mismas) o la exfoliación germinal (células que se mueren porque simplemente se caen del ovario). En ese camino, el equipo se planteó también si se pueden detectar enfermedades que potencien la pérdida del tejido ovárico.

En un proyecto con el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, estudiaron diminutos fragmentos de la corteza de los ovarios de nenas con cánceres no ginecológicos para determinar si los genes que regulan la muerte (proapoptóticos) y la vida (antiapoptóticos) celular se comportan igual o no que en las nenas sanas.

“Vimos que en las nenas sin cáncer predominan los genes proapoptóticos, mientras que en las pacientes con cáncer hay una mayor concentración de un gen antiapoptótico, que es el mismo que se dispara cuando se forman los tumores -explicó la licenciada Albamonte, becaria doctoral del Conicet en el Cebbad-. Podría ser que, como la quimioterapia o la radioterapia son tan agresivas, ese gen de sobrevida tenga que actuar para proteger a las células germinales de esa injuria terapéutica.”

PENSAR A FUTURO

Todo esto muestra la importancia de que el oncólogo y la familia de esas pequeñas pacientes se ocupen de preservarles tejido ovárico para transplantárselo después de completar el tratamiento. “Lo importante -destacó la doctora Albamonte, especialista en medicina reproductiva- es que una técnica experimental, como la criopreservación del tejido ovárico, es una alternativa para esta población infantil. Pensar en tener disponible dentro de 15 años el tejido de una nena de 8 o 10 años, significa que mejoramos la sobrevida de ese órgano.”

Esa protección del ovario no se limita a la reproducción, sino también a la función endócrina. “Son pacientes con un daño gonadal tan grande después del tratamiento oncológico que quedan en un estado hormonal de menopausia y necesitan terapia de reemplazo hormonal para cuidar los huesos, el corazón y el resto del organismo, no sólo la fertilidad”, precisó la médica.

Fuente: La Nación.

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