sábado, 16 diciembre, 2017 | 0:08
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El archipiélago cristinista de la espera

La Doctora vuelve para darle consejos a la Humanidad.

elarchipielagocristinistaClaves para entender el milagro argentino.
Hace un mes que Amado Boudou, El Descuidista, es presidente y aún se enciende la luz.
Abundan encuentros en los bares, las parejas se manosean en albergues, las ferias funcionan y suelen abrirse los paraguas cuando llueve.
Es -casi- la normalidad. Proceso de maduración social a la italiana.
No existe el gobierno pero la vida sigue igual. A pesar del vacío que genera la falta de conducción política.
Como la sociedad, el archipiélago cristinista continúa en la actitud dilatoria de la espera.
El país entero, en definitiva, es una enorme sala de espera.

Trasciende que La Doctora también espera.
Le tabican gran parte de la información que nadie, por otra parte, produce.
Ocurre que la información también se agota. Naufraga entre las conjeturas. Hay que des-tabicarla.

Sabe del triunfo sobre Clarín, si se lo puede llamar así (pero no vale como dato porque, según nuestras fuentes, lo sabía, desde mediados de septiembre).
Entre tanta versatilidad para el desconocimiento trasciende que La Doctora ignora, también, el último accidente ferroviario del Once.
Giselle Fernández, la hermana, es la depositaria implacable del control remoto.
Es desde el principio de la convalecencia quien audita y decide aquello que La Doctora puede ver o no.
Mientras tanto Florencia se encarga de espantar a los funcionarios que insisten en verla.
Aunque no esté Máximo, de los amigos cercanos entra De Pedro, El Wado.
El archipiélago cristinista de la espera y de los funcionarios incondicionales, el único que entra, según nuestras fuentes, es Carlos Zannini, El Cenador. Últimamente es El Almorzador.
“Tiene llegada Zannini pero no te creas que tiene tanta. Hasta por ahí nomás”, confirma la Garganta.
Comparado con el resto de los traficantes de influencias, debe aceptarse que Zannini trafica mejor. Les lleva un campo de ventaja.
Sin embargo tampoco El Cenador sabe si La Doctora ya decidió algo.
Por más que se floree, después de los almuerzos, como aquel que sabe algo secreto y lo oculta.
El Cenador también, aunque sepa simularlo, según nuestras fuentes, espera. Ansiosamente.

Dos islotes. Zannini y Máximo

Sin conducción en el archipiélago, los islotes y atolones se las arreglan por su cuenta. Turno de plancha.
Dos islotes debieran administrar la flotación del archipiélago.
El archipiélago cristinista de la esperaDe repente Máximo se puso razonable. Consecuencias involuntarias de la paternidad. El muchachón planta prioridades.
No quiere que se arriesgue la vida de la madre con la irresponsabilidad que se arriesgó la vida de El Furia, el padre inmanejable.
El certero temor, que el muchachón comparte con Florencia, logra que La Doctora se convierta en la paciente ideal.
“Lo que indica el doctor Manes es una orden”.

El otro islote lo ocupa el inmanente Zannini. Con más sugerencias que explicitaciones.
Percibe que algunos sobrevivientes de las islas, inspirados en la constatación de la derrota, levantan la cabeza.
Para hablar, en voz alta. Como el maltratado ganador, el senador Miguel Pichetto, El Humprey Bogart del Barrio Pobre.
O ve Zannini que se promueve, sin su control, la figura de Domínguez, El Lindo Julián, que para colmo se encuentra en la línea sucesoria.
En reuniones reservadas pero para que se divulguen. Con “compañeros” del peronismo (esa manía que Zannini combate). Con bonaerenses (esa cultura que lo desborda).
Lo lanzan, a Julián, para lo que sea. ¿Para Gobernador?
O Presidente, “que es mucho más fácil que la gobernación”.

El Loco Randazzo

Sin otra alternativa, Zannini respalda los movimientos de Florencio Randazzo, El Ex Killer, al que ya llaman El Loco.
Es -Randazzo- el islote que funciona solo. Casi emancipado.
Es el ministro que privatizó el ministerio. Que nacionaliza -supuestamente sin consultar- una línea del ferrocarril.
Y que lo sobra, con suficiencia explícita, a El Descuidista, quien aún culpa a Randazzo de su invariable desgracia.
El archipiélago cristinista de la espera Aunque El Loco amenazó, según nuestras fuentes, con “c… a trompadas”.
La cuestión que El Ex Killer que sella pasaportes se dedica también a traficar. Con números de encuestas que le deparan -cree- legitimidad.
Por lo tanto Randazzo supone que, a esta altura, es casi imposible expulsarlo del archipiélago. Transformarlo en un peñasco.
Aunque se sabe que La Doctora tuvo la airada intención de arrojarlo al Loco Randazzo por la ventana.
Al menos quiso rajarlo en dos oportunidades. Pero Zannini, en apariencia, lo evitó.
La persuadió, en algún almuerzo, sobre la necesidad de retenerlo.
“Es que el Flaco nunca pudo tener con Cristina la relación que tuvo con Néstor”, confirma la Garganta.

El mérito de la intrascendencia

Otra isla, que debía ser la principal, la de la Jefatura de Gabinete, se convirtió en un atolón. Un camalote.
Hoy Abal Medina, El Abalito, forma parte de la jangada.
Pero de ningún modo es por la vulnerabilidad de El Abalito. Es por la decisión de La Doctora. Transformar, al Jefe de Gabinete, o el Premier, en un mero secretario administrativo. Derivaciones de la decepción recíproca que experimentó con Alberto Fernández, El Poeta Impopular.
El archipiélago cristinista de la esperaDe manera que La Doctora se encuentra demasiado cómoda con El Abalito y la necesaria intrascendencia.
“¿Para qué va a poner un gobernador en su lugar?”, se pregunta la Garganta.
¿Quién va a dejar la provincia para ponerse a tiro de decreto, y regresar humillado?
Así se trate del gobernador Sergio Urribarri, el que impulsa Zannini.
Pero lo promueve a Urribarri sólo para atenuar las ambiciones sucesorias de Daniel Scioli, el Líder de la Línea Aire y Sol.
Al que quieren -y creen- tenerlo servido, en el horno, con papas y morrones en los costados.

Otro camalote hoy lo ocupa Julio De Vido, el Ex Superministro. Depilado y despojado. Empomado, arrinconado por El Cenador.
De Vido se convirtió en otro Tomada. Se sostienen, en el archipiélago cristinista de la espera, por el mérito de la vejez.
Por haber sido ministros durante toda “la década ganada”.
El archipiélago cristinista de la esperaForman parte -De Vido y Tomada- del inventario kirchnerista. Cuesta moverlos.
Como cuesta desprenderse del canciller Timerman. Es -Timerman- el ministro que más ofrendó por las equivocaciones de ella.
Ofrendó, por La Doctora, hasta la identidad.

El funcionamiento cotidiano del archipiélago cristinista de la espera se sostiene con el entendimiento de Guillermo Moreno, El Neo Gostanián, y Axel Kicillof, El Gótico.
Moreno se suelda al cargo gracias a todos aquellos que reclaman su renuncia.
Como Sergio Massa, Aire y Sol II. Es el perverso que pide la cabeza de Moreno sólo para que La Doctora simplemente lo mantenga en su puesto y pague las consecuencias del desgaste. Por retenerlo.
El archipiélago cristinista de la espera Aunque en el sector economía están grotescamente todos peleados, con unanimidad.
Nadie paga cien dólares por la permanencia de la señora Mercedes Marcó del Pont, a quien Moreno llama La Arrostito.
Ni paga un dividendo por Lorenzino.
Sólo paga el Portal por el mantenimiento de ellos.
La Doctora, igual que El Furia, cree que sabe de economía. Que puede, incluso, manejarla. Para desconsuelo de los optimistas, los va a mantener.
Hasta a La Flaca, alias Giorgi, que suele entregarse -como nadie- a las ceremonias de los aplausos.

El universo en deuda

La Doctora ni siquiera piensa, según nuestras fuentes, en cambios cosméticos.
Tendrá la anunciada reaparición estelar. Lo dijimos. Como si fuera Madonna.
El archipiélago cristinista de la espera Con shows selectivos, sin la frecuencia de antaño, cuando se entregaba a las delicias estéticas del gobierno oral.
Cuando La Doctora vuelva, antes del 15 de noviembre, va a marcar diferencias comparativas, con todos aquellos que se ubican en el podio. Para sucederla.
Volverá para brindarle los habituales consejos a la humanidad.
Con la seguridad de saber que el mundo -la sociedad- le debe algo.
Efectivamente el universo se encuentra en deuda con ella. Es una deuda permanente, eterna, que se va -vengativa- a cobrar.

por Oberdán Rocamora.

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