miércoles, 17 octubre, 2018 | 20:06
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Cuando el “miedo a perder” se impone por sobre las “ansias de ganar”

Por Nicolás Luciano Prat

Estamos llegando a los últimos suspiros de los distintos campeonatos domésticos e internacionales. Se definen ascensos y descensos, campeones y subcampeones, técnicos que permanecen y se van y otros que son removidos de sus puestos, pero en todos los casos hay un fenómeno común y reinante: La pulsión evidente y estresante entre  el miedo a perder y las ganas de ganar.

Es la pugna entre los equipos, poderosos desde el peso de su historia e infraestructura, que muchas veces son sometidos por rivales inferiores, carentes de quilates históricos pero ávidos de escribir paginas gloriosas.¿ El deseo de ganar es lo único que garantiza vencer a tu oponente?. La realidad es que no. En un partido de futbol hay muchos elementos técnicos, tácticos, estratégicos y psicológicos que se vuelcan en el terreno a la hora de encarar el encuentro. El supuesto “Goliat” puede sucumbir ante un “David” organizado.

Los grupos que se saben inferiores se sienten motivados y estimulados  ante los supuestos superiores. Elevan sus rendimientos al máximo ante la única oportunidad de aprender y exhibirse frente a los mejores. Desde el foco del superior es normal que su performance decrezca, se aburren y no dan todo de sí. Es subestimación inconsciente lo que los lleva, en variados casos, a la dificultad de vencer o hasta de ceder ante los de menor categoría.

El caso de River Plate es uno de los mejores ejemplos a mano para apoyarse en el análisis: La institución de Nuñez pasó de ser un club acostumbrado a las grandes gestas a ser una institución que debió pelear por su permanencia en el lugar de la elite, llegando al extremo de perder ese sitial. Hoy se debate por volver contra conjuntos de menor peso y su primer equipo experimenta en forma constante la ansiedad de ganar, caminando de la mano con el temor a fracasar.

River llego a un punto donde la incredulidad del hincha pasa por ver el envase de etiqueta gloriosa sin un contenido acorde. Ese mismo hibrido por donde navega la mente del seguidor, se instala con fuerza en los que conducen y ejecutan  actividades en nombre del club. El equipo de Matías Almeyda, tiene acaso los mejores jugadores de la B nacional pero en diversos pasajes de partidos con equipos de menor valía ha experimentado padecimientos extraños. Empates y derrotas en los finales de encuentros con clubes que en ese día y hora exceden sus capacidades para volver a la normalidad el resto de la competencia.

Da la sensación que si bien hay liderazgos concretos, como el que implica David Trezeguet, hay una marcada ausencia de puntales en otros sectores. Almeyda aporta conceptos desde su experiencia cercana pero aun le faltan batallas para curtirse en el hábito de canalizar presiones como conductor. Va en camino y con diploma de curso intensivo. La juventud e inexperiencia en el deportista  te lleva a no medir coyunturas adecuadamente. El beto Alonso o Francescoli en su momento atesoraban momentos e ilusiones sobre sus suelas.

Hay muchas causas que engloban en el deporte el “miedo a perder”, y en casos como el Futbol lo ilógico se vuelve en cierto punto lógico. Se puede tener el mejor cúmulo de jugadores a disposición, el mejor entrenador y las mejores condiciones para trabajar directivas y edilicias, pero si a la hora de emitir el mensaje hay ausencia de elementos convincentes desde lo motivacional y estratégico se expone mucho margen a la improvisación. Es en la improvisación donde se hace necesaria la respuesta de líderes y si hay carencia de los mismos es probable que este temor a lo peor se haga presente con recurrencia.

La presión de los entornos si no es bien  canalizada se transforma en una mochila difícil de cargar para los grupos que buscan éxitos o salir airosos de situaciones complejas. Desde los medios, simpatizantes y colegas hay una idea inconsciente que parte desde sus preconceptos y antecedentes que orientan a estimular el morbo. ¿“esto les pasa”?, “no puede ser”, “se va a salvar”, “lo va a ganar”, ¿“y si le pasa esto”?, “no podrá”, son las distintas percepciones que se van tejiendo a manera de suposiciones. Actúan como condicionantes en algunos y como estimulantes en otros.

Romper con las creencias fuertemente arraigadas  en lo que respecta a la consecución de hechos negativos es todo un desafío.  Los antecedentes cuando son reiterados en contra u a favor generan místicas, que si bien se pueden alterar los nombres, actúan a modo de mensajes implícitos en cada psiquis. Muchas veces hemos observado equipos que van ganando y dominando en los trámites pero en el final del partido les empatan. Se puede tomar como un resultado aislado pero si toma carácter repetitivo es probable que haga huella. En los momentos de mayor tensión habrá actitudes saboteadoras involuntarias.

La ansiedad motoriza el miedo a fracasar y conspira contra el éxito. Eso el jugador de River o también el de San Lorenzo lo sufren en carne viva. Se proyectan escenarios futuros y festivos. Una imagen de tranquilidad y deber cumplido cuando la tarea efectivamente no termino. El seguidor de la camiseta recoge el guante y el periodista también ingresa en el círculo de la imaginación de contextos. Se van creando marcos que no inciden directamente en las dinámicas de juego, no obstante crean estímulos en la mente del futbolista.

No hay recetas únicas contra el temor de perder. La clave pasa por tomar la “temperatura  del vestuario”. Centrarse con mas insistencia en el como se dicen las cosas por sobre lo que se dice. Cada individuo necesita un determinado estilo de comunicación. Diferenciar ese mensaje a quien se dirige. La ayuda de un psicólogo deportivo es lo ideal y suma opiniones autorizadas.  No subestimar y apoyarse en el trabajo, el sacrificio, la humildad y la solidaridad que siempre acompañan a buen puerto. A partir de todo eso seguir arriesgando, en el animarse el logro esta a la vuelta de la esquina

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