miércoles, 14 noviembre, 2018 | 23:28
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Cristina confirmó que prevalece la mirada conspirativa y la crisis sigue a la deriva

El discurso de la Presidenta confirmó las peores prevenciones. El Gobierno se encerró en la mirada conspirativa que ayer anticipó el viceministro camporista Julián Alvarez. No definió medidas ni cursos de acción frente a una crisis que insinúa raíces estructurales.

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En la crisis el Gobierno mostró sus peores rasgos: Cierta mirada negadora, una pasión por victimizarse y la incapacidad de trazar una reflexión crítica -al menos en público- sobre las raíces del desafío que plantea la realidad.

La primer gran pregunta es para qué Cristina insistió en sostener un “festejo” cuando el país todavía tiene la piel lacerada por saqueos, muertes y rebeliones policiales. La tensión en el rostro de la Presidenta y sus invitados era indisimulable, confirmando que se avanzó con una celebración que nació tan ajada y desacoplada como las pantallas electrónicas que engalanaban el frente de la Casa Rosada.

Lo que se vio, acaso lo más grave, es la falta de reflejos de un Gobierno que no logra articular una respuesta adecuada a un fenómeno que lo sorprendió con la guardia baja. De manera mecánica, se mantuvo la decisión de instrumentar una más de esas aceitadas misas electrónicas que Javier Grossam coreografió en el pasado, para escenificar las reinvenciones del kirchnerismo luego de sus crisis más profundas.

Pero esta vez algo fallo. Una distorsión, una pequeña interferencia en la pantalla, exhibió cansancio y enojo donde se esperaba brillo. Cristina tuvo que comenzar el acto explicando porqué había decidido mantenerlo. Señal contundente de su inoportunidad. Y agregó desafiante que por tratarse de una celebración “de la democracia” había decidido no apelar a la cadena nacional. Más allá del espantoso lugar en el que dejó a sus anteriores “cadenas”, la frase confirma el desconcierto que sigue prevaleciendo en el kirchnerismo a la hora de abordar la comunicación.

No es la realización o no de una “cadena” -hoy muy perforada por medios alternativos como las redes sociales-, lo que determina el impacto de un mensaje en la sociedad. Lo determinante es el contenido. Y ese fue el punto flojo de un discurso que acaso haya que ubicar entre los menos logrados de la Presidenta.

Justo cuando el momento requiere como nunca de una Presidenta que ofrezca certezas, definición de rumbos, incluso anuncio de medidas, Cristina eligió -como ayer su viceministro de Justicia- dedicarse a sembrar sospechas de conspiraciones nunca precisadas. Y esa fue toda la respuesta.

Pareció insinuar un curso de acción cuando dijo que así como las Fuerzas Armadas se incorporaron a la democracia, había que hacer lo mismo con las policías. Pero ahí se quedó. Declaración de buenas intenciones que nadie puede dejar de compartir, pero que bien podría asimilarse a una conversación de vecinos en el ascensor.

Ninguna reflexión crítica sobre la escalada de un conflicto que su propio Gobierno permitió con su prescindencia inicial, cuando especuló con el daño que le causaría al cordobés José Manuel de la Sota, ubicado en el bando de los enemigos que con tanta generosidad acumula el kirchnerismo.

Tampoco hubo referencias a la insólita respuesta de gobernadores que pasaron años pisando los salarios policiales para casi duplicarlos de un día para el otro ¿Si no hay que ceder a la extorsión, que es lo que se hizo? Y lo más grave: ¿Quién va a pagar esa cuenta? ¿Cómo se manejará su impacto sobre las otras paritarias de estatales que ya empezaron a moverse?

¿La inflación tiene algo que ver con esta crisis? Y en definitiva: ¿Si el país está en déficit, se pagarán esos aumentos con más emisión? ¿Cual es la sustentabilidad, los riesgos que plantea a nivel macroeconómico este festival de aumentos?

Acaso la explicación a tanta indolencia sea que en el Gobierno crean que la crisis está amainando, que cerradas las negociaciones que quedan con el puñado de policías todavía sublevadas, sólo habrá que aguantar algunas remisiones de saqueos de acá a las fiestas y luego vendrán las vacaciones y todo volverá a la normalidad.

Mirada displicente que esconde una limitación: La dificultad para enfrentar las decisiones amargas que está planteando la economía, que mantiene a velocidad crucero una acumulación de problemas, que empiezan a golpear fuerte en los sectores más vulnerables de la sociedad.

Es en efecto, el mismo letargo que se observa en el Palacio de Hacienda, con el ministro Axel Kicillof perdido hace casi una semana en China, como si aquí todo funcionara de manera aceitada, como si no hubiera decisiones que tomar: Hoy nomás el Banco Central perdió otros 150 millones de dólares.

La peligrosa dinámica de una sociedad que empieza a romper los límites culturales que permiten la convivencia, es también una interpelación profunda a un Gobierno que sigue repitiendo eslóganes de una supuesta década ganada. Como si en la repetición hubiera algún mérito o peor, como si las palabras alcanzaran para forjar realidades.

Por Ignacio Fidanza. Director de La Política Online

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