miércoles, 19 diciembre, 2018 | 10:48
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Con impotencia, dolor y bronca, una multitud despidió a Candela


Créditos: Agencia EFE

La nena de 11 años que fue hallada asesinada en un descampado del Acceso Oeste fue velada en Villa Tesei e inhumada en el Cementerio Parque de Hurlingham. Por el velorio y el entierro desfilaron cientos de vecinos que reclamaron que el caso no quede impune.

Una multitud acompañó el cortejo fúnebre con los restos de Candela Rodríguez desde la casa velatoria hasta el Parque Municipal de Hurlingham donde esta tarde fueron inhumados sus restos. La caravana primero pasó por la casa de la nena de 11 años y luego se dirigió hasta el cementerio, donde se sumó muchísima más gente que, con flores en las manos y lágrimas en los ojos, suplicaba por el esclarecimiento de este crimen.

Un rato antes, ocho letras, escritas en imprenta y con trazos apurados, alcanzaban para resumir el pedido de todos: “Justicia”. Nada más (nada menos) rezaba la nota que acompañaba al único ramo de flores que le ponía algo de color al gris de la casa de velatorios de Villa Tesei, donde eran despedidos los restos de Candela Sol Rodríguez. La nena, que llevaba nueve días desaparecida, fue encontrada asesinada ayer en un terreno baldío situado a unas treinta cuadras de su casa.

La mamá de Candela, Carola Labrador, y Alfredo Rodríguez, su papá -escoltado por policías, ya que se encuentra cumpliendo una condena, llegaron a la casa de velatorios de la calle Vergara al 3300 en plena madrugada. El círculo íntimo de la nena pudo hacer su duelo en privado durante unas pocas horas. Después de eso, la sala se abrió al público. Algunos familiares salieron a tomar aire -al menos por unos instantes-, pero Carola fue la única que nunca abandonó la sala y se mantuvo casi sin interrupciones al pie del cajón que, completamente cubierto de flores, albergaba los restos de Candela.

Cuando las puertas se abrieron, el lugar comenzó a poblarse de conocidos, maestros, vecinos de Hurlingham que querían solidarizarse con la familia de Candela y expresar, aunque más no fuera con su sola presencia, el dolor y la bronca que sentían por el trágico final de la nena. “Vine porque tengo miedo que algo así les pase a mis hijos”, contó Ivana Farizi (20) a Clarín.com. La joven vive a pocas cuadras del barrio de Candela. No la conocía directamente, sólo “de verla pasar” con otras chicas, recordó la joven. Mientras sostenía a su bebé Tiziano en brazos y trataba de contener a Gabriel (2), un enano de ojazos oscuros que correteaba entre la gente, la chica pidió que “se haga Justicia”.

Unos metros más atrás, Nélida Herrera, mamá de 9 y abuela, asentía con la cabeza. “Esto me hace mucho mal. Siento mucho dolor, mucha bronca, mucha bronca”, repetía. Tres de sus hijas, conmovidas y con los ojos llenos de lágrimas, reclamaban “que esto no quede así”.

También Laura se acercó al velatorio para acompañar a la familia Rodríguez, a la que conoce porque vive “a dos cuadras de su casa”. La mujer fue una de las pocas que aceptó hablar con los periodistas que se encontraban en el lugar y se encargó de reclamar por todos los medios que los culpables sean detenidos. “Esto es lo que todos esperábamos que nunca pasara. Siento mucha impotencia”, dijo sobre la muerte de la nena.

Mientras tanto, con sus guardapolvos blancos, algunos; con sus mochilas, otros; los compañeros y amigos de la chiquita asesinada se acercaron hasta la sala de velatorios. Se quedaban en la puerta o en el estacionamiento, sin animarse a entrar. Algunos se tomaban de las manos y otros se abrazaban. Casi no hablaban pero en sus ojos adolescentes, las miradas abatidas decían mucho. No podían comprender que Candela, su amiga, la abanderada de la escuela, no estaba más. No podía ser, porque ella, sonriente, todavía los miraba desde los afiches que aún empapelan la ciudad.

Toda esta misma gente que conocía a la nena de 11 años, que estuvo en las marchas, en la puerta de su casa y en el velatorio; sumados a cientos a los que simplemente les afectó este asesinato, también se acercó luego a la despedida en el cementerio de Hurlingham. El dolor era demasiado grande. Por eso, cuando la ceremonia de inhumación de los restos se terminaba, se escuchó un grito popular: “Candela, presente”.

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