jueves, 15 noviembre, 2018 | 22:18
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Charlotte, Daniel y Cristina

Por Gabriela Pousa.

Un nuevo personaje en el escenario, y de pronto el periodismo dedicado a esos metieres, nos subyuga y acosa como si todo se limitara y detuviera en una extraña que llega -amén de la diversión- para salvar a la Presidente entretenida en dar un “golpe destituyente democrático”. Otro invento de Cristina, claro.

Fiel a la típica hipocresía argentina, muchos aseguran no saber de qué trata pero, si en una mesa de café, alguien menciona a Charlotte Caniggia, seguramente tendrá algo que aportar. Y es que si algo nos gusta a los argentinos es opinar.

Es paradójico que un pueblo de opinólogos, haya votado, sin embargo, una presidente que quiere verlo callado. Pero las paradojas se repiten incesantemente y las contradicciones son política de Estado acatadas a pie juntillas por gran parte de la ciudadanía.

¿A qué viene esta introducción, más cercana a un análisis de espectáculo que a la descripción del escenario político económico en el que estamos? Sucede que, de una manera u otra se repite el espectáculo en las pantallas de los televisores cada noche, sin que se note la diferencia (si es que la hubiera) con lo visto y registrado durante el día, ya sea en Olivos, en Casa Rosada, en el Congreso o en las provincias.

La diferencia quizás está en que, detrás de las cámaras televisivas, se va midiendo el minuto a minuto la fidelidad de la gente, en una especie de votación continua. Mientras que en la escenografía política, se va midiendo en el minuto a minuto, el poder de cada uno de los actores que protagonizan la parodia de la interna kirchnerista.

Puede notarse una sutil diferencia. Mientras los primeros buscan medir el raiting para evaluar su oferta, y si fuese necesario retocarla según la demanda existente, en el otro teatro sólo importa medir el ego, el poder sin que intervenga en absoluto la gente. No hay preocupación alguna por las demandas perentorias del pueblo, ni por las necesidades insatisfechas, ni por ningún otro de sus intereses.

Cristina Kirchner y Daniel Scioli deberían estar buscando soluciones para la inflación que arroja día tras día más pobres, y dando a conocer los planes que pretenden instrumentar para que la violencia y la inseguridad no sigan matándonos. Ni una cosa ni la otra. Estamos observando, a penas una lamentable lucha entre dos personas, cuyo fin es permanecer con la banda y el cetro o llegar a vestirlo por vez primera.

Pregunta: ¿qué tienen ambos para proponerle al pueblo? La respuesta es un lacerante silencio. Aquello que puede ofrecer el kirchnerismo, a esta altura, es conocido y parece estar perdiendo demanda del argentino a cada momento. El gobernador de Buenos Aires ofrece quizás un estilo más moderado, sin agresiones explícitas. Y claro, para un país golpeado con creces por la violencia de los de arriba, está oferta se torna tentadora aunque no haya soluciones concretas para darle a los viejos temas.

Parece haber en los argentinos una incipiente conciencia de que no hay salvador mi redentor mágico capaz de devolvernos la república, las instituciones, la decencia…

Alguien que no nos grité por cadena nacional, que responda al periodismo, aún cuando estas respuestas dejen mucho que desear, se convierte en este contexto, en un personaje real y no meramente soñado por el pueblo, capaz de venir a cambiar algo, aunque sea el trato.

Los argentinos estamos como una mujer golpeada que si logra liberarse de su marido, sólo aspirará a encontrar a alguien que no le levante la mano, en lo sucesivo. Después analizará si eso no la compañía que realmente quería.

Pero retomando la comparación inicial, veamos que en el circo de “Soñando pon un Sueño”, el sueño pasó a ser lo menos trascendental, aún cuando se supone que, el programa, se construyó en base a la concreción de aquellos.

En concordancia, para el Gobierno Nacional que fue votado para resolver -o al menos intentar resolver-, los problemas de la Argentina, y administrarla como se debe, sucede igual. Estas premisas pasaron a ser secundarias, por no decir que directamente fueron ignoradas, burladas y olvidadas.

De esa manera, la pista de baile de Tinelli, y la pista de operaciones de la Presidente vuelven a encontrarse en una semejanza avasallante. La gente importa hasta cierto punto. En el animador mediático para darle raiting y ganarle a la competencia. En Cristina Fernández, para mantener la paz social en las calles de modo que, las apariencias muestren una sociedad tranquila sino satisfecha.

Si bien se observa, en los dos casos, la ciudadanía no es más que una herramienta, un medio para alcanzar fines personales. No es jamás el fin en sí misma.

Finalmente, si a la Argentina la comparamos con el estudio de grabación del “Bailando”, podría decirse que fue una especie de Tito, el guardaespaldas, de Paula y Pedro, y ahora de Charlotte Caniggia.

Al margen, o no tanto, ésta también genera la duda que se cierne sobre Cristina: ¿Es o se hace?

Lo cierto es que cuando ya no sirva para su objetivo, será dejada de lado, y reemplazada por algún nuevo monigote que sume audiencia, y sea funcional a los anhelos de la productora y/o el canal.

En el otro espacio nada varía demasiado. . La gente sirve y servirá cuando se esté en período electoral. Antes y después, la política se limitará a la pelea por el poder. No es una hipótesis, es lo que estamos observando a diario. Lo importante hoy, parece ser adivinar quién ganó la última pulseada, si la jefe de estado o el gobernador del conurbano.

El sueño por el cuál ambos llegaron a sus cargos, ha sido vergonzosamente ignorado. En sinonimia, el sueño por el cual, baila la hija del ex futbolista, corre la misma suerte. Ya pocos saben de qué se trata, ni si acaso será concretado. Lo insólito de todo esto, es que los receptores de esos sueños son los que están en la tribuna, mirando, aplaudiendo, o en el mejor de los casos, lamentando haberse hecho eco de tamaño espectáculo.

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