martes, 18 junio, 2019 | 8:18
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Acostumbrarse a estar peor, el gran drama argentino

Inserto en un mundo de problemas individuales y colectivos el hombre común difícilmente encuentre tiempo para analizar en detalle el contexto en el que vive. Su necesidad de llegar a fin de mes lo ahoga. El escenario global no alcanza a dimensionarlo. Tal vez eso, que pareciera ser nada bueno, sea un paliativo para no aumentar sus angustias. Cada día se está peor; la decadencia no golpea la puerta, ya ingresó.

"Ya quedaron atrás las luces de Broadway que vinieron de la mano de las exportaciones y de la suerte. Otra vez la crisis asoma en el horizonte. Una recurrente crisis económica producto del despilfarro y la mala praxis; sumada a una muy preocupante ruptura social."

“Ya quedaron atrás las luces de Broadway que vinieron de la mano de las exportaciones y de la suerte. Otra vez la crisis asoma en el horizonte. Una recurrente crisis económica producto del despilfarro y la mala praxis; sumada a una muy preocupante ruptura social.”

En una entrevista a José Sanmartín Esplugues, filósofo, escritor y ex director del Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia, publicada por el periódico español ABC, él señaló: “El ser humano se acostumbra a todo porque se insensibiliza”.

Vale decir que el hombre se endurece, se encallese frente a la adversidad. Evita verla, se vuelve miope. Se sorprende un día cuando aparece algo nuevo que violenta sus códigos éticos y morales; pero, luego, lo convierte en algo más de la escenografía diaria.

Así fueron los primeros cortes de calles, rutas, autopistas que hoy son normales.

Así fue la aparición de los cartoneros de los que todo el mundo hablaba y hoy son parte del paisaje cotidiano.

Así sucedió con la toma de los colegios; y hoy conviven con la sociedad que sabe, que al menos una vez al año, estos están presentes.

Así aconteció con la corrupción; hasta justificarla con el “roban pero hacen”.

El listado de los ejemplos en cualquier caso sería enunciativo; siempre habría muchos más para agregarle.

Han transcurridos 30 años de democracia. Aparecieron en el cielo de los argentinos momentos de esperanza y muchos de desasosiego.

Aquella nación que le permitía a los padres ser superados por la educación y el profesionalismo alcanzado por sus hijos se ha escurrido como agua entre los dedos.

Más del 30% de los habitantes de estas tierras vive en la miseria.

Los gobiernos que han desfilado en las tres décadas, con alguna excepción, no han procurado reducir sino aumentar ese porcentaje, para tener una base electoral que les permita perpetuarse al comando del Estado.

El Estado, ese patrimonio de todos y todas, ha sido saqueado a más no poder.

Los recursos públicos han terminado siendo manejados de la forma más personal, autoritaria y carente del más elemental control.

En el mundo de la ficción que el actual gobierno hace de la situación del país, donde todo parece ser una maravilla, aún en 2014 se seguirá manejando el erario con “emergencia economica”; es decir que la presidente seguirá haciendo lo que quiere con los dineros de todos los argentinos.

Un Estado eficiente es aquel que -con la hacienda de todos- hace obras para el bien de la comunidad. Desde los caminos, trenes hasta la prestación de una adecuada educación, salud y seguridad para todos los gobernados.

El Estado argentino estuvo y sigue condenado al asedio de sus administradores, de los testaferros de estos, de los empresarios que no arriesgan capital propio, de los sindicalistas, de los militares en su momento; y de todos aquellos privilegiados que lo llevaron y lo mantienen en terapia intensiva.

¿Qué importa si el Estado es chico o grande? Lo que importa es que sea manejado por gente capaz y honesta. En Argentina ni con avisos en los medios de mayor rating y circulación parece encontrarse esta rara avis en la clase política y en la empresarial.

Pero, la obra de desmantelamiento del aparato estatal no iba a ser completa sino se erosionaba la independencia de los poderes legislativo y judicial a expensas del ejecutivo.

La República se anegó.

El manejo discrecional de la conocida Kaja construyó poder y lo sigue manteniendo.

Desde 1983 hasta el presente, la otrora flamante democracia ganada pasó a ser una esperanza desvanecida.

Si votar se confunde con democracia, basta tener presente que en Cuba también el pueblo vota, para entender que ese requisito no es suficiente para avalar la posibilidad de disfrutar de los derechos que esta forma de vida conlleva.

Ya quedaron atrás las luces de Broadway que vinieron de la mano de las exportaciones y de la suerte.

Otra vez la crisis asoma en el horizonte. Una recurrente crisis económica producto del despilfarro y la mala praxis; sumada a una muy preocupante ruptura social.

La inseguridad galopa, el narcotráfico acecha y se acrecienta, las fuerzas de seguridad y las armadas están desprovistas de lo básico.

El autoabastecimiento de gas y petróleo pasó a ser una fotografía en blanco y negro, con rasgos amarillentos fruto del transcurso del tiempo.

Las arcas del Banco Central vuelven a estar exhaustas.

La autoridad y el orden social se hicieron trizas.

La inversión hace pito catalán mientras los capitales están fronteras afuera.

El modelo no resultó otra cosa que una adaptación libre del viejo eslogan de la revista Caras “el poder y el dinero juntos”.

“El ser humano se acostumbra a todo porque se insensibiliza”.

Es cierto. Tan cierto, que la decadencia ya forma parte de la Argentina; sin pedir permiso para entrar.

por JORGE HÉCTOR SANTOS
Twitter: @santosjorgeh

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