Miércoles, 23 Agosto, 2017 | 7:04
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Los verdaderos explotados son los que trabajan en blanco, no los que reciben planes sociales

Por Roberto Cachanosky.

Quienes trabajan en blanco tienen que mantener a sus familias, generar ahorro para cuando se jubilen, mantener a sus padres si los tienen, sostener un Estado ineficiente, financiar a los que reciben planes sociales y, encima, luchar con los disparates económicos que les pone el gobierno. Eso sí que es explotar a la gente.

La semana pasada, en alguno de sus discursos en cadena, Cristina Fernández sostuvo que había gente que se quejaba por tener que pagar los planes sociales e, incluso, llegó a decir que sugerir que aquellos que tienen trabajo vivieran un día como los que no tienen trabajo y viven de un plan social, aunque sinceramente no recuerdo si también propuso, en el trueque de roles, que el que tiene un plan social vaya a trabajar al lugar del primero.

Me parece que es importante resaltar que muchos políticos de la oposición también ven los planes sociales como una conquista, es decir, este mecanismo de fabricar pobres pareciera ser compartido por buena parte del arco político, lo cual le pone una sombra al futuro económico de la Argentina.

La primera reflexión que puedo hacer respecto a los planes sociales es que el famoso modelo lleva 9 años y va para los 10. Si en todo ese tiempo el famoso modelo no logró generar la suficiente cantidad de puestos de trabajo para que cada vez menos gente tenga que depender de los llamados planes sociales, entonces debe reconocerse que el modelo fracasó en términos de atraer inversiones, generar nuevos puestos de trabajo y mejores ingresos. El tiempo ha sido lo suficientemente extenso como para mostrar sus virtudes y lograr que cada vez menos gente dependa de dichos planes y más del fruto de su trabajo.

En segundo lugar, de los 29 años en que llevamos votando ininterrumpidamente, solo 8 años el peronismo no estuvo en el gobierno. Los 6 de Alfonsín (que fueron menos porque dejó el gobierno unos meses antes) y los 2 de De la Rúa. Es más, la Alianza tuvo su pata peronista, de manera que su participación en el poder fue mayor aún. Si habiendo el peronismo gobernado el 72% de los últimos 29 años no logró terminar con la pobreza y la persistente decadencia, algo anda mal en el peronismo. Tendrá, como algunos sostienen, capacidad de gobernabilidad (aunque tengo mis dudas al respecto), pero no parece tener capacidad de gestión a juzgar por los resultados.

La segunda reflexión tiene que ver con otra afirmación que hizo Cristina Fernández respecto a los planes sociales. Dijo que gracias a ellos las empresas no podían contratar por monedas a la gente y, de esa forma, se terminaba la explotación. Aun aceptando esta tesis, uno podría argumentar que, en todo caso, se pasó de la explotación de las empresas a la explotación de los punteros políticos.

Pero tampoco es válido el argumento de Cristina Fernández, porque, en todo caso, aunque yo no lo comparta, en vez de establecer planes sociales puede establecer un salario mínimo. Enseguida aclararé porque tampoco le funcionaría. Pero antes termino la idea del salario mínimo. El gobierno de ella y su fallecido esposo podrían, como dije, haber establecido un salario mínimo, en vez de los planes sociales, para que el trabajador no sea “explotado” y resolvía el problema de la explotación siempre y cuando se hubiesen generado los suficientes puestos de trabajo como para que la gente no tuviera que vivir de los planes sociales.

Vayamos ahora al punto del salario mínimo. La realidad es que igual hubiese generado un problema de desocupación y problema social, porque si se establece un salario mínimo por encima de la productividad de la economía, el mercado de trabajo hubiese ajustado por cantidad en vez de ajustar por precio. Es decir, las empresas hubiesen contratado menos gente y la desocupación hubiese alcanzado niveles elevados como ahora. La salida de la pobreza no es ni el salario mínimo ni los planes sociales. Es el crecimiento sostenido en base a inversiones.

En definitiva, con los planes sociales tiene el problema de la falta de trabajo y, además, el costo fiscal de mantenerlos. Doble problema.

En tercer lugar, a cualquier mortal que trabaja en blanco hoy en día se le pide que: 1) mantenga a su familia, 2) ahorre para el futuro porque la jubilación que le tocará cuando se jubile será una miseria por lo que están haciendo con el sistema previsional, 3) que mantenga a sus padres si aún los tiene porque la jubilación que cobran es una miseria, 4) que mantenga con sus impuestos un sector público ineficiente y caro y 5) que sostenga a todos aquellos que viven de los planes sociales. Y todo esto tiene que lograrlo luchando contra los disparates económicos que comete el gobierno que hace más difícil tener productividad. Es como si a la gente que trabaja en blanco se le dijera: laburá para sostener todo eso y encima te pongo una mochila con 10 kilos de peso para que te sea más difícil.

Si la presidente tomara debida nota de todo este esfuerzo que tiene que hacer la gente que trabaja en blanco, se daría cuenta que hoy en día los explotados son los que trabajan en blanco y no los que viven de un plan social. El gobierno ha llevado la explotación de la gente que trabaja a su máxima expresión. El “capitalismo salvaje”, como le gusta decir a los progres, es el paraíso frente al descomunal esfuerzo y explotación al que es sometida la gente que trabaja.

Discrepo absolutamente con el discurso de la presidente porque no hay política económica más humillante que deba soportar un ser humano que vivir de la dádiva del Estado en vez del fruto de su trabajo y esfuerzo personal.

¿Cómo se logra revertir esa humillación? Con tres ejes básicos: a) disciplina monetaria, b) disciplina fiscal y c) respeto por los derechos de propiedad. Con esos tres ejes se captan inversiones, particularmente ahora que hay tanta liquidez en el mundo buscando dónde invertir, que generan puestos de trabajo, mejores salarios y prosperidad general. Es por eso que el liberalismo es moralmente superior al populismo que nos propone el kirchnerismo, porque sin asegurarle el éxito a nadie, el liberalismo le proporciona las condiciones a la población para que, utilizando su capacidad de innovación, su esfuerzo y su trabajo, puedan progresar en la vida. El liberalismo no es superior al populismo solamente por su propuesta económica, sino, fundamentalmente, por su contenido moral. Porque, además, limita el poder de los gobernantes de tal forma que evita el autoritarismo, impide que se violen los derechos individuales y, además, reduce al mínimo la corrupción porque no da lugar al tráfico de influencias que negocian los funcionarios públicos bajo el populismo.

Por el contrario, el populismo propone la humillación de la gente. No contribuye a la cultura del trabajo, la destruye al “vender” que un sector de la sociedad que tiene derecho a vivir a costa del trabajo ajeno. Si el gobierno tuviera realmente sensibilidad social crearía las condiciones institucionales y económicas para que una fuerte corriente inversora generara los puestos de trabajo necesarios para todos aquellos que hoy no lo tienen y viven de los llamados planes “sociales”.

Por eso, es necesario insistir con que el populismo no solo es ineficiente desde el punto de vista económico, sino que es moralmente reprochable al denigrar a la gente haciéndola depender de la dádiva del Estado, al tiempo que deriva en autoritarismo y corrupción.

Tal vez el populismo sea un muy buen negocio en el corto plazo para quienes lo impulsan, pero en el largo plazo tiene costos económicos y políticos que inevitablemente hay que afrontar. Es justamente eso lo que le está pasando a este gobierno que hoy luce tan alterado. El largo plazo le ha llegado y no saben cómo afrontarlo, salvo explotando cada vez más a la gente que trabaja en blanco.

Por eso le formulo la siguiente propuesta a la presidente. Yo me quedo en mi casa porque el stock de riqueza acumulado es mío, pero de ahora en más yo vivo de los planes sociales y ella se pone a trabajar para sostenerme a mí y a todos los que pagamos impuestos, a mi familia, a mi madre y al Estado sobredimensionado y, encima, tendrá que soportar la mochila de los dislates económicos de sus incondicionales colaboradores (Moreno, Kicillof, etc.)

Quisiera ver cuánto tiempo aguanta siendo explotada tan inhumanamente.

Roberto Cachanosky es el editor responsable de Economía para todos

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