martes, 19 septiembre, 2017 | 12:21
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Los jóvenes arrastran a los cerdos

Los de 30/40 desplazan a los de 60. Y envían a la reflexión a los de 70.

losjovenesarrastranaloscerdosQuien arrancó con el cuento de “lo nuevo y lo viejo” fue Mauricio Macri, El Niño Cincuentón, líder del Pro, expresión institucional del macricaputismo.
Con la línea, o la letra, bajada -acaso- por el pensador Jaime Durán Barbas. Un anti-ideólogo que, a principios de siglo, no vacilaba en descalificar con la sentencia.
“X es un buen político, pero del siglo veinte”.

El apasionamiento innovador de Macri, en la práctica, fue completado por la señora Presidente, Cristina Fernández, La Doctora.
Con el respaldo consagratorio hacia La (Agencia de Colocaciones) Cámpora, La Doctora cubrió, a través de insignes treintones, las segundas líneas de diferentes ministerios. Direcciones de empresas, candidaturas varias.
Pero quien definitivamente instaura las bases del (contenido) litigio generacional es Sergio Massa, Aire y Sol II.
Lo impone a través de la insolencia juvenil que personalmente porta. Y por el protagonismo, tan sorprendente como acaparador, de los mini-gobernadores, aún conocidos como intendentes.
Una metodología de construcción política que amenaza con expandirse. En adelante coloca en posición de guardia, cerca de la pared, a los gobernadores de verdad.
Los que se sienten arrinconados. Como si se los quisieran llevar puestos. Saltearlos.
Por supuesto que Consultora Oximoron reconoce, en el último informe, las excepciones que abundan, en los tres casos. Confirman, asimismo, la validez de la teoría.

El pasado como fracaso

En “Diario de la Guerra del Cerdo”, novela de 1969, Adolfo Bioy Casares planteó, con suerte literariamente relativa, la guerra no sólo imaginaria entre los jóvenes y los cerdos (los viejos).
Sin rozar siquiera el belicismo, en la política nacional de hoy se transforma -tácitamente- en “viejo”, a todo aquel que registre una serie de puestos ocupados, durante su trayectoria.
Por la carga elemental de frustraciones, el cerdo actual es asociado a la idea genérica del fracaso.
En el país donde todo termina invariablemente mal, el pasado contiene el denso aroma del prontuario.
Y aquel que tuvo su oportunidad “fue”. Ya culturalmente “fue”. Debe correrse, en adelante, de la fotografía.
Ceder su lugar a otro más joven, que lo toma por su cuenta. Con el lícito derecho de producir su propio fracaso.
Cuesta que el desplazado -aquel cerdo que “fue”- generacionalmente se resigne.

Trasciende que cierto columnista inteligente, en ascenso y de 42 años, supo reflejar el conflicto, sin proponérselo y en la altivez de un tweet.
“No puedo hacerme cargo de los fracasos de la generación de G y de Y”.

En su plenitud, el cuarentón reprocha por la herencia de fracaso, que le lega aquel que carga con 80 años (ya irrecuperable).
Y aquel que carga 65, que pertenece a la franja más afectada por la sutileza del conflicto que no se asume.
Es el de 65 quien debe forzar el paso al costado. Porque “ya fracasó”.
Aunque el sexagenario se encuentre física e intelectualmente impecable. Favorecido, para colmo, por los adelantos científicos y las pastillas milagrosas. Y se encuentre en condiciones de aplicar los conocimientos acumulados, pese a los probables errores cometidos por su franja generacional.
Es el nuevo cerdo de Bioy, el que “fue”.
Es arrastrado por el empuje de los sedientos jóvenes de 30 y de 40, que llegan con el derecho aceptable de cometer sus propias equivocaciones.
Ante la preocupación, también, de los tensos que cargan 50, y que se encuentran en la turbulencia de la situación límite. Entre dos fuegos.
Es el caso, sin ir más lejos, de Daniel Scioli, el líder de la Línea Aire y Sol I. De 56. Como la señora Carrió, también 56, o Julio Cobos, 58.
De los que se ubican en el podio, para la sucesión, el más viejito es Hermes Binner. Pero el John Wayne de El Hombre Quieto es socialista. Una civilización aparte.

El culto a la juventud

En el macricaputismo del PRO, el culto a la juventud y la perfección roza simpáticamente la patología.
A medida que su conductor -Mauricio Macri- acumula aniversarios, se extiende la edad promedio.
Ahora Mauricio tiene 54 y se propone -según su confesión- hacer política diez años más. Hasta los 64. Para después, en el imaginario, “retirarse”.
Testimonio que inhabilita, en la práctica, a todos aquellos que superaron ya los 64. La edad ideal -según Macri- para refugiarse en la reflexión y el recogimiento. La tristeza del retiro.
La conclusión justifica que en los planteles del PRO no persistan ni viejos ni gordos (tampoco, claro, ni morochos).
Lo cual representa un obstáculo, cuando se aspira a presidir un país donde los morochos abundan. Como los pobres, los bajos, los cerdos y los demasiado nutridos.

Para Oximoron es La Doctora quien aplica, aunque de manera inconfesable, las teorías que impuso -entre otros- Durán Barbas.
“A ella le encanta saberse rodeada de jóvenes”, confirma la Garganta.
Tal vez porque desconfía ostensiblemente de aquellos que merodean su edad, los sesenta.
Sus funcionarios, en lo posible, tienen que ser más jóvenes. Y no se limita a los predispuestos de la Agencia de Colocaciones. Camporistas que adquirieron muy pronto las prioridades que aluden al privilegio.
El Wado, Marianito, Axel o El Cuervo. Treintones por doquier, recientes cuarentones que pueden ser los laderos indispensables que mantienen la ficción del liderazgo de Máximo.
Es el muchachón que carga con la responsabilidad familiar de una trascendencia inexplicable.
Es en la frivolidad del cristinismo donde la juventud -para Oximoron- arriesga precisamente más.
Por la vulnerabilidad del presente, que permite mantener escasas perspectivas de futuro venturoso. Se trata, más bien, de lo contrario. Lo cual induce a la urgencia de disfrutar la actualidad.
El epílogo que contiene la aventura cristinista puede resultar conjeturalmente perjudicial para los jóvenes.
Circunstancia que de ningún modo debiera consolidar la revancha de los sexagenarios. Los que, desde la escéptica inutilidad de la experiencia, aguardan el paso en falso.
La caída de los jóvenes, en el fangal del fracaso (en la Argentina siempre inevitable).

Renovaciones

Desde arriba, desde el poder, el Niño Cincuentón (Mauricio) y La Doctora, flamante sexagenaria, impulsaron, con sus diferencias, la renovación generacional.
El cuarentón Massa, Aire y Sol II, impone, en cambio, el trasvasamiento similar, pero desde abajo.
No sólo sostenido por los mini-gobernadores que se disponen a construir el poder territorial, a partir de la adhesión de muchos de los 2.450 mini-gobernadores que contiene el país.
Tampoco es casual la predilección del peronista Massa, por ejemplo, por el radical Ramón Mestre, el mini-gobernador de Córdoba. Con quien le gustaría, según nuestras fuentes, elaborar una fórmula.
La irrupción de Massa modifica, por ahora, la dinámica política en la provincia inviable.
En adelante, no será necesario importar porteños, medianamente conocidos, para hacerlos cargo de la gobernación.
Hoy se cuentan no menos de cinco o seis excelentes cuadros que se ubican solos en el podio. Para cotejar por el poder de la provincia que los catapulta.
Desde Insaurralde (43) hasta Giustozzi (49). O el propio Massa, que tiene 41 y se atreve a saltar desde la mini-gobernación de Tigre. Hasta -si puede- la presidencia.

Sin embargo Massa no plantea ninguna Guerra del Cerdo. Si debe enviar un mensaje decorativo de racionalidad, no vacila en fotografiarse con Roberto Lavagna, La Esfinge, o con Reutemann, La Esfinge II. Ambos de 71 años. O incluirlo en la lista a Solá, el máximo cuadro del felipismo, de 63, aunque prefiera mantenerlo a cierta distancia. O a Fernando De Mendiguren, de 64, que le resulta de utilidad para la relación con los empresarios. Paladines del oportunismo que sacan número para auxiliarlo.
El Informe Oximoron concluye con el ilustrativo cuadro del sexagenario experto. Supo postularse para darle consejos paternales a Massa.
Con cierta crueldad, otro sexagenario, algo más avispado, le dijo:
“El Pibe está sentado sobre cuatro millones de votos. ¿Por qué te va a hacer caso a vos?, que ya fuiste. Y sos, para él, un contrapeso”.

por Carolina Mantegari.

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