La parábola de Michael Corleone

La repitió Bachar al Assad. ¿También Nuestra César?

22/03/2013 | 20:24                      
 
 

laparabolademichaelcorleonePara desdicha o condena de los herederos, persisten estructuras de poder que son penosamente inmodificables.
Los intentos de innovar, inicialmente románticos, chocaron de frente con la imposibilidad de cambiar.
Le pasó a Michael Corleone, cuando cesó don Vito.
A Bachar Al Assad, cuando cesó Haffez.
¿Y también a Nuestra César, cuando cesó El Furia?

El Padrino

Por culpa de Francis Ford Cóppola, por entonces genial, y de Al Pacino, por entonces muy joven, la parábola de Michael Corleone es más cinematográfica que literaria.
Aquel lozano personaje de El Padrino, inspirado en el novelón de Mario Puzo, que llega con su fresca novia americana al casamiento italiano, distaba de estar formado -ni siquiera pensado- para ocupar el lugar preponderante de don Vito Corleone, su padre. Marlon Brando, el abuelito violentamente dulce que se muere mientras juega en el jardín con el nietito.
La parábola de Michael CorleoneEl cetro sucesorio estaba naturalmente reservado para el hermano mayor. El irascible Sonny. El precario bonachón, brutalmente encarnado en el film de Coppola por James Caan.
Al morir Sonny, asesinado por una traición en el puesto de peaje, es Michael quien debe encargarse, en adelante, de conducir los enfrentamientos que ya no está en condiciones de continuar el enfermo don Vito. Debe administrar y multiplicar los tradicionales negocios de “la familia”.
El Heredero, en lugar de innovar, Michael, se destaca, de pronto, como el inescrupuloso más decidido y frío a la hora de matar. Supera, en crueldad, como Padrino, a su padre.

El Occidental de Londres

La parábola metafórica de Michael Corleone le sirvió después al ensayista francés Jean Marie Quéméner.
Para explicar, en “Docteur Bachar, Mister Assad”, la trayectoria de Bachar al Assad, el oftalmólogo (cliquear).
También Bachar, como aquel Michael, se formó como un estudiante perfecto y lozano. Un profesional de la oftalmología, sobriamente elegante, occidentalizado en Londres. Con una esposa presentablemente inglesa, estilizada y muy alta.
Mientras tanto Haffez, su padre, el Dictador, preparaba como heredero natural al hijo Bassel, que se estrella temperamentalmente.
Como Sonny, aunque Basel cesa en un sospechoso accidente de automóvil.
Entonces el enfermo Haffez Al Assad -como don Vito Corleone-, tiene que recurrir al otro hijo.
A Bachar, el occidentalizado que llega también con las innovaciones reformistas.
Con los “vientos de cambio” que entusiasmaron a los distraídos que confiaban, desde Damasco hasta Alepo, en una apertura que clausurara las décadas de sofocación. Y avanzara hacia la libertad.
Sin embargo las estructuras de dominación (El Ejército y los Servicios de Inteligencia), y sobre todo el sistema de negocios (los Makluff), se encontraban lo suficientemente consolidados.
Debió resignarse a mantenerlas. Como Michael, el Oftalmólogo de Occidente, a la hora de defender el poder, se destacó por ser un represor despiadado. Superador, en materia de crueldad, del padre.

La parábola de Michael CorleoneLos muertos colgados de Hama, que se le facturan hasta la eternidad a Haffez, quedaron reducidos a crímenes insignificantes. Sobre todo si se los compara con la carnicería posterior que asumió Bachar.
Cumplió Bachar, en el fondo, con la reiteración de la parábola de Michael.

Ni hija ni hermana. Esposa

Más allá de culturas y distancias, la trayectoria sucesoria de Cristina Fernández, Nuestra César, merece también tratarse.
Aunque falte, aquí, para ser rigurosos, la similitud de la condición de hermano. Lo que une los destinos de Michael y Bachar.
Nuestra César no es la hija ni la hermana. Es la esposa del poderoso que se estrella. Ni en un puesto de peaje, ni en el camino al aeropuerto de Damasco.
En una cama de El Calafate, la Ciudad Dream.

Como Michael y Bachar, La Heredera -Cristina- emerge como la culta del equipo.
Estructurada, educada, y fortalecida en la diferencia cultural. Pese a las arbitrarias desmesuras del marido. Y del Sistema Recaudatorio de Acumulación que oficialmente prefería desconocer.
Lo suyo era el lucimiento intelectual. El manejo superficial de las teorías y la articulación de la palabra. Mientras El Furia se dedicaba, afanosamente, a las aventuras de la multiplicación.
A juntarla en pala. A quedarse con las tierras y las empresas. Tajear invariablemente los subsidios y adueñarse de ciclos completos de la epopeya presupuestaria.
Al arte poderoso, en definitiva, de la admirable recaudación.
Caballerosamente entonces la cubría. La “dormía”, pero para protegerla.
La mantenía alejada de los acuerdos sombríos. De las tajadas del león, en la transversalidad de los negocios aún no debidamente investigados. Ampliaremos.

- Mirá que Cristina de esto no sabe nada -le dijo El Furia protector, por ejemplo a alguien con el que contaba el dinero que repartía-.
“Si se entera nos mata a los dos”.

La imagen más ilustrativa del comportamiento supo aportarla cierto “pingüino” trasplantado.
Un allegado de hierro que contenía el descaro simpático de los peronistas más atorrantes. Dijo:
“A Ella nunca le gusta saber cómo se la junta. Sólo le gusta gastarla”.

El Mito de la Libreta Negra

La parábola de Michael CorleonePero cuando El Furia explota, ella debe iniciarse, dolorosamente, en todos aquellos secretos compartidos que (probablemente) desconocía.
Se repitieron, según nuestras fuentes, los episodios y los escenarios.
– Quiero que me cuentes todo, absolutamente todo, lo que hacías con mi marido.

Fue justamente cuando comenzó a extenderse el Mito de la Libreta Negra.
A hablarse de secretarios, Sanfelices y Barreiros. A los alejamientos de “Rudis”. A establecer distancia con exponentes del “capitalismo de amigos”.
A quedarse -casi- sin amigos.

La idea del espanto conmovedor de Nuestra César brotó ante las evidencias derivadas del Fort Knox (cliquear).
Incluso en el Portal -que suele resistirse a avanzar en semejantes asuntos, pese a la caudalosa información- se tituló un texto contundente.
“¿Para que juntar tanto?”, cliquear.
El verbo -“juntar”- no fue exactamente el utilizado. Cuando Nuestra César tomó conciencia -relativamente real- de lo desmesurado que se acumulaba en el interior del “Fort Knox”.
Se lo detalla, meticulosamente, en cualquier bar de Río Gallegos. Con cierto orgullo.

Lo que le atribuyen tener roza, por lo general, el contorno de la fantasía. Pero lo grave es que semejante celuloide contiene aceptables visos de realidad.

“Con Cristina se terminó, no hay mas j…”, se decía en un principio.
“Con ella está todo cortado, no se puede hacer ninguna moneda”.

Pero pronto el afán innovador volvió a quedarse en el intento.

Como Michael, como Bachar, Nuestra César también debió adaptarse.
Resignarse a convivir con las estructuras establecidas. De hierro. Inmodificables.
Lo contrario sería traicionar el legado de aquel que se decide mitificar.

Lo que resta aún saber es si Nuestra César -como Michael o Bachar- también va a perfeccionar el modelo inspirador.
Si le cabe, también a El Furia, el rol de Vito y de Haffez. El rol histórico del antecesor superado.
Pero sin cambiar, en el fondo, más allá de la cosmética del relato, nada.

por Carolina Mantegari.




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