Miércoles, 23 Agosto, 2017 | 6:53
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Cambio social: Por primera vez hay más solteros que casados

Surge de los últimos datos del Censo 2010. Los que Apuestan al “sí, quiero” son cada vez menos en todo el país.

En un tiempo efímero, el tic no alcanza al tac. Lo escribió el Indio Solari a mediados de una década, la de los ochenta, en la que el rechazo al matrimonio era todavía un signo de rebeldía, una declaración de principios para una forma de entender la vida y de definirse en un amor que no necesitaba de papeles para validarse. Los ochenta fueron efímeros por definición. Pero allí comenzó a sembrarse el germen de lo que hoy, tres décadas después puede verse con claridad en los números fríos y desamorados del Censo 2010: por primera vez, los argentinos que prefieren la soltería son más que los que apuestan al “sí, quiero”.

Son 15,6 millones de solteros (los que jamás pasaron por el Registro Civil) contra 14,5 millones de casados en todas sus variantes (separados, viudos, divorciados), casi cuatro por ciento más. Los argentinos se casan menos, es cierto, pero lo que el Censo 2010 también mostró es que se esquiva el registro civil, no la pareja. En 2001, las “uniones convivenciales” representaban el 11,5 por ciento de la población mayor de 14 años. Nueve años después, son el 18 por ciento.

“Desde hace más de dos décadas se está modificando la forma de vivir en pareja, cambia el modo en que las personas entran en uniones conyugales. Este cambio en la vía de entrada a la pareja, que se establece sin constituir matrimonio, modifica también el tipo de familia. Se estima que las familias consensuales son más inestables”, señala Mabel Ariño, docente de Demografía Social de la UBA.

Victoria Mazzeo, jefa del Departamento Análisis Demográfico de la Ciudad de Buenos Aires e Investigadora del Instituto Gino Germani, aporta otro dato: entre los censos 2001 y 2010 aumentaron 79,8% los solteros en uniones consensuales. “La opción de convivir en pareja mantiene su vigencia, pero lo que cambian son las formas de establecerla: se prefiere la unión consensual, en algunos casos como período de prueba antes de optar por el matrimonio, en otros como consensualidad permanente”.

El último censo también da cuenta de que los argentinos no sólo se casan menos, sino que quienes deciden pasar por el registro civil lo hacen más tarde que hace una década: en 2001 el 19,5% se había casado antes de los 35 años, mientras que ahora ese porcentaje bajó al 13,2%.

Para Graciela Faiman, miembro de APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) y especialista en psicoanálisis de familia y pareja, lo que comenzó a desmoronarse fue ese cascarón llamado matrimonio que servía de contención para la pareja: “Las normas que legislan la institución matrimonial ya no responden a las expectativas y necesidades de las personas que, en ese caso, intentan uniones sin pasar por el registro civil. Hoy hay aspectos que atañen a la relación económica entre los cónyuges y las modalidades de la filiación de los hijos, con los consecuentes derechos y obligaciones que no contemplan la complejización de la familia actual”.

Este fenómeno ocurre en todo Occidente, no sólo aquí. Y se ve, sobre todo, en las ciudades, un signo de los tiempos en que el amor que dura para siempre parece tan remoto como un celular que siga actualizado dos temporadas. “El compromiso está puesto en otra cosa, existe un compromiso en cada encuentro, también en el ascenso social, en el estudio, en el trabajo –opina el psiquiatra Carlos Antar–. Hay compromiso pero no en la pareja, y si está en la pareja está puesto de otra manera”.

Fue recién en los ‘90 cuando ese germen anti matrimonio que había comenzado la década anterior se disparó. Hasta entonces “concubinos” y “juntados” no estaban socialmente bien vistos, eran la vergüenza de la familia, algo que ocurría sobre todo en los sectores más postergados de la población. En la década del 60, por ejemplo, en la región nordeste del país, el 16 por ciento de las parejas no estaba casada.

El Censo muestra una fotografía, pero nada dice sobre lo que ocurre después de ese instante, si esas nuevas formas de vivir en pareja perduran, se desvanecen o mutan en matrimonio. Mónica Ghirardi, doctora en Historia e investigadora del CONICET, es de las que creen que la libreta de casamiento no implica mayor compromiso y que, en todo caso, las estadísticas muestran mayor que la gente tiene una libertad a la hora de elegir: “Atravesamos una época de sensible debilitamiento de las formas de control institucional e injerencia pública en las decisiones individuales, es lo que Susana Torrado conceptualiza como ‘una moral de la autonomía individual’ verificándose una mayor autodeterminación en las decisiones, fomentando la existencia de parejas basadas en el amor”.

Sobre la torta, dos hombrecitos. En la fiesta, dos novias se besan en el altar. Papá y mamá son marido y mujer, pero no llevan anillo ni hay fotos de la fiesta. Lo que no cambia es la necesidad de amar.

Fuente: Clarín

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